
La nave rezumaba olor a goma de neumático, combinado con un fuerte olor a aceite industrial. El pavimento antaño rojizo, ahora salpicado por manchas oleosas grisaceas, casi no reflejaba la luz procedente de los ventanucos laterales.
En el centro de la nave, como si de una pista de circo se tratara, unos focos de obra iluminaban una especie de sillón. Una butaca de escay verde , con el respaldo reclinable, y dos brazos acolchados con unas correas metálicas.
Una mesa color caoba, a la derecha de la butaca, tenía un arsenal de curiosas herramientas. Alicates, tenazas, un minitaladro Dremel, jeringas, múltiples frascos de cristal. Junto a la mesa , una bombona metálica con unas letras que decían N 2 0 (óxido nitroso), de ella salía un tubo que acababa en una mascarilla.
Sobre la butaca yacía un cuerpo de un hombre, ataviado con una bata blanca, manchada por unos hilillos de sangre que descendían desde la comisura de los labios. En el bolsillo de la bata se podía leer: “ Dr. Ledesma “…
-Doctor Ledesma, pase por recepción. Doctor Ledesma, pase por recepción.- vociferaba una voz estridente por la megafonía.
En la recepción un chico moreno, de facciones angulosas, esperaba con el rostro desencajado. Con una mano se aguantaba la mandíbula, a la espera que dicho gesto aliviara el insoportable dolor. Miraba a su alrededor, pero no acababa de percibir los detalles de la consulta. Una sala de recepción, un poco demodé, donde lucían los títulos del doctor, otorgados por la Facultad de Odontología de la UBA (Universidad de Buenos Aires). El dolor crecía y decrecía como una montaña rusa, parecía que alguien le estuviera perforando a lo vivo la mandíbula, llegando hasta trepanar el oido.
Le hicieron pasar a una sala de la consulta. Mientras la enfermera preparaba la anestesia. Una jeringa amenazante se acercaba a sus encías superiores. Iniciaba el proceso, podía sentir como el líquido de la anestesia discurría por la fina aguja, para llegar a su encía, como penetraba sin pausa, adormeciendo poco a poco, calmando la agonía. Por fín, cuando la aguja salió de sus fauces, pudo atisbar la cara del Doctor. Cara pecosa de piel blanca, un pelo color pajizo, acompañado de un profundo acento argentino que empalagaba cada instante de su verborrea incansable. No entendió mucho de toda su jerga, tan solo necesitba que lo calmara, que le pusiera fin.
-Estooo, tendremos que realizar una endodoncia.- empezó a canturrear el doctor- , una operación sensilla . Consiste en …
Desconectó. Apagó los terminales neurales. La anestesia no era suficientemente profunda para apaciguar la perforación, pero no le importaba, tenía que soportarlo y todo estaría acabado. Tan solo sería un mal recuerdo, un mal rato y un nuevo agujero a su maltrecha economía.
Durante cuarenta y cinco largos minutos soportó estoicamente los taladros, las agujas. Todos aquellos enseres en su muela, atacando la infección, luchando contra el dolor. Y lo olvidó… lo olvidó durante nueve años.
Nueve años despues reapareció la pesadilla. El mismo dolor. La misma muela. Era imposible, aquella muela había sido arreglada, no tenía nervio, no podía doler. Era inconcebible, pero real…
Acudió al dentista, no al mismo, aquel hací años que le perdió la pista. Éste le dió la mala noticia, aquel desgraciado le había hecho un mal trabajo. No solo eso, sino que le había mentido y faltado a la verdad. Durante la intervención, una punta del rotor de perforación se había roto, quedándose encallado en el final de un conducto de los nervios. Y … allí seguía, nueve años después, calcificado y con una gran pobredumbre e infección a su alrededor. No había tenido ni la delicadeza de avisarlo, era algo que podía ocurrir, pero lo ocultó, de manera que tantos años despues no tenía solución… perdió aquella pieza .
En el bolsillo de la bata se podía leer: “ Dr. Ledesma “ y sobre la butaca yacía un cuerpo de un hombre, ataviado con una bata blanca, manchada por unos hilillos de sangre que descendían desde la comisura de los labios. En todas sus piezas dentales se habían realizado trepanaciones y habían sido obturadas por empastes. El óxido nitroso empezaba a finalizar su efecto. El sujeto, que permanecía atado con unas correas metálicas, al despertar intentó zafarse pero era inútil. Una voz desde su espalda le gritó:
- Doctor Ledesma, le informamos que hemos tenido que realizarle una sensilla operación. Se trata de la colocación de unos simples implantes en cada uno de sus piezas dentales..- Le explicó la Voz con un acento argentino un tanto jocoso.
- ¿Implantes? ¿Porqué?
- No se preocupe Doctor Ledesma, estamos entre colegas, era algo necesario. Su salud dental es realmente denigrante para un odontólogo.¿No cree?
- ¡Oiga suélteme! ¿Denigrante? Pero si tengo unos dientes perfect…
No acabó de decir la palabra perfecto, que la Voz apretó un botón de una especie de mando a distancia numerado con treinta y dos números. Tras apretar el nº 1, un estallido salió de la boca del Dr. Ledesma. Un estallido acompañado de la expulsión de un diente incisivo destrozado y catapultado junto a una bocanada de sangre. El sujeto se retorcía de dolor, aullando en gritos.
- Lo ve Dr. Ledesma… Realmente tiene una salud dental denigrante… Y es usted un mal ejemplo para el Colegio de Odontólogos, no obstante me han llegado voces de …
- ¡Soy un buen doctor, se lo juro! – sollozó mientras esputaba sangre junto a la mocosidad que le provocaban los lamentos y lágrimas.
Otra explosión, esta de mayor potencia, le rebentó todo los dientes caninos y los incisivos. El labio se despegó de su lugar. Sangrando como un cerdo, sin labio, no podía articular y tan solo pudo ir soportando, entre desmayos, las consecutivas explosiones internas que le destrozaron toda la dentadura y parte de las encías. Llegó un momento que perdió la audición, pero seguía sintiendo el dolor insoportable. Asimismo, tuvo que soportar la contemplación del espectáculo, gracias a una televisión frente a él, que reproducía, una y otra vez la tortura a cámara lenta.
Al día siguiente, un video anónimo llegó a la red, mostrando todo el proceso. Explicando toda la historia, junto a una nota de donde podían encontrar al Dr. Ledesma. Y lo encontraron… pero nunca jamás pudo probar bocado, toda su triste y agónica vida, tuvo que beber líquidos así como comidas trituradas. Nunca jamás encontró trabajo de dentista. Una agónica existencia, pensando que quizás en el siguiente callejón volvería a escuchar la Voz.


